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(Sanitarium)

Årmandø RuAr

27 février

I. Las niñas, las señoras y las putas

Curso intensivo en cuatro lecciones:
 
Economía política del pesero
 
Mauricio Bares
 
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  I. Las niñas, las señoras y las putas
 
  Por encima de la oscuridad su acento no dejaba dudas: eran ingleses. Ambos vestían de traje, con la sobriedad del hombre de negocios. Pero venían en pesero. Ahorraré sus comentarios para no ser tachado de cómplice. Sólo diré que coincidieron entre sí acerca de la conveniencia de tener un transporte de este tipo en la problemática ciudad de Londres. Me dio franca risa al imaginar a nuestro chofer, con sus Bukis a todo volumen en las bocinas, violando las recatadas reglas del tránsito británico, yendo de un carril a otro, rebasando sin direccionales y por el carril de baja, enloquecido al verse obligado a conducir en sentido inverso. Pobres caballeros ingleses, no sabían lo que decían. Demasiado largos para los estrechos asientos, demasiado altos para los bajos toldos, demasiado rubios para sus morenos compañeros de viaje, observaron algunas mujeres y opinaron con su característico humor frío acerca de la belleza autóctona. Y descendieron junto a gran parte de los viajeros cerca del Monumento a la Madre, no sin antes repegárseles a dos nativas rellenitas.
 
  De acuerdo. Entiendo que la vida es como un trozo de excremento seco para el ochenta y nueve por ciento de mis compatriotas, pero eso no me hace quererlos, tampoco compadecerlos, ni a ellos ni al once por ciento restante. Mucho menos puede gustarme que hacia el final del día una gorda frote sus tetas sudorosas sobre mi espalda y que la mitad de los burócratas me pise con sus zapatos baratos y el pesero me zarandee a un ritmo, ahora, tropical.
 
  El pesero se detiene en una esquina más adelante y no sucede nada. No suben, no bajan, nada. Todo parece indicar que el chofer sólo se detuvo para cambiar la estación de radio. El público, es decir, los usuarios, se impacientan, se quejan, pero sólo silenciosamente. De pronto, por fin, entre la penumbra aparece una cabecita blanca que logra escalar el segundo peldaño. Otra mujer, otra desconocida menos vieja la ayuda a subir desde el interior del pesero. El chofer no mueve un dedo más que para sintonizar la radio. Una vez que la anciana está con nosotros, el pesero sigue estacionado. Ahora a causa de la mala sintonía suenan los Beat-less mezclados con los Corralejos del Majaguar. Con parsimonia aparece una segunda cabecita blanca, lenta pero segura. No puedo evitar sentirme como en un programa de Paco Stanley y me descubro a punto de aplaudir. Sin embargo un violento arrancón me fuerza a agarrarme del tubo y apenas alcanzo a ver a mis abuelitas volando hasta caer sobre los usuarios sentados más próximos a ellas; éstos, cuando al fin se recuperan de la inercia del arrancón, se quitan al par de ancianas de encima, les ayudan aponerse de pie, muy caballerosos les acomodan las enaguas, les echan nuevamente el chal sobre la espalda, pero no les ceden el asiento.
 
  Por fortuna yo encuentro un asiento vacío y corro decidido hacia él. Al llegar al cruce de Insurgentes y Reforma sube un poco más de gente, pero el trayecto, ya sentado, promete ser agradable.
 
  No es así. Una joven mujer de baja estatura con unos tacones increíbles se las ingenia para subir y abrirse paso llevando a cuestas un bolso y una maleta para ropa infantil. De la mano, por delante de sí, empuja a una niña. En brazos trae a un niño que no debería estar allí; es decir, un niño que a todas luces no debió nacer, pero ya que es un hecho irrefutable, ya que está aquí entre nosotros, no debería venir en brazos: está en perfecta edad para caminar. Cría niños mexicanos y te sacarán los ojos, mujer, le digo, pero ella no me escucha, sólo tararea la canción ranchera que sale de las bocinas. La niña viene adormilada y escoge plantarse a un lado de mí. Después de ocho horas intentando enseñar el verbo to be a varias veintenas de haraganes, traigo los dedos cuarteados por el gis, mis pies están a punto de reventar los zapatos y éstos, en venganza, vienen torturándome los callos. Sólo soy un pendejo ansioso por llegar a casa, encender la tele y frotarme mientras las chicas en minifalda anuncian autos a precios módicos para alguien que no soy yo.
 
  No me hallo dispuesto a levantarme. La niña está a punto de quedarse dormida y temo que en cualquier momento me caiga encima. O me dé un cabezazo. O me babee. Su hermanito, en cambio, se halla bien despierto. Lo suficiente como para hacer un berrinche y jalarle el pelo a su pinche madre y asestar una involuntaria patada en la cabeza de su hermana, con unos zapatos que en realidad parecen tanques a escala. La niña, luego del zapatazo, despierta de súbito y amenaza con llorar, pero vuelve a cabecear en franca somnolencia. Te lo dije, mujer, insisto, pero ella insiste en no escuchar. Su vida, fácil de adivinar, pasa aburridamente frente a mis ojos. La veo con el suéter de la secundaria arremangado, mordiendo una jícama con limón y mucho chile piquín. La veo fajando en un callejón oscuro escuchando promesas de mongol, la veo embarazándose en un parque, la veo con una patada en el culo y estos dos engendros como testimonios del verdadero y tierno significado del amor. A todo esto, su hija prefiere dormir: ya le llegará el día. De momento, a altura del metro Insurgentes, el chofer considera que el interior del pesero requiere de iluminación para matar las ansias por lo ilícito. Sin embargo, lo ilícito no se hace esperar. Una puta sube al pesero. ¿Va al trabajo como cualquier otra persona? ¿O será que ya, de hecho, viene trabajando? Un murmullo de asombro recorre el pesero. Parece como si el chofer hubiera encendido las luces para enfatizar su entrada.
 
  No cabe duda que entre las mujeres, como entre las naciones, el respeto al maquillaje ajeno es la paz. El maquillaje marca el escalafón. En la mayoría de los casos es imposible distinguir entre las sirvientas y las amas de casa, pero un poco de maquillaje es lo único que, a su vez, diferencia a las sirvientas de las secretarias. Y el exceso de la misma marca de maquillaje lo que divide a las secretarias de las putas. Se trata sólo de maquillaje, en el fondo hay lo mismo. Pero es importante porque en este momento un hombre se levanta y cede el asiento a la galante, no a las señoras con cabecita blanca que cargan tres bolsas del Superama, ni a la madre soltera ni a la hija que viene roncando a mi lado. Lo cede a la puta. ¿O es una secretaria excesiva? No. Es una puta. Ésta es la cuarta o quinta vez que nos encontramos en el pesero. Éste es su trayecto rumbo al trabajo fecundo y creador. Se bajará en Insurgentes esquina con Viaducto. Se instalará a un lado de la parada del camión, lo suficientemente lejos como para no mezclarse con las señoras y señoritas decentes que enfilan rumbo al hogar, pero lo suficientemente cerca como para establecer el parentesco, allí, a un lado, como una hija malcriada a quien, a nivel maquillaje, se puede vituperar, pero a quien, en el fondo, sus hermanas no pueden reprocharle nada.

II. Paraguas a bordo

  II. Paraguas a bordo
 
  Se besan como si fuera la última noche que tienen lengua. Lo cual me parece francamente repugnante, pornográfico. No por la lengua; por la cercanía. De acuerdo: ellos encontraron vacíos los asientos delante del mío. Y de acuerdo: yo me podría ir a chingar a mi madre a pie, no en pesero. Pero pagué mi tarifa completa (esta vez no hice trampa), subí antes que ellos, y además me senté primero.
 
  Un poco de atmósfera: las ventilas vienen inteligentemente abiertas: de este modo no moriremos asfixiados por nuestro propio bióxido de carbono sino intoxicados por las bocanadas de smog mezcladas con ese punzante tufillo a gasolina que tiene la mayoría de los peseros. Las lenguas frente a mi asiento persisten en su lenguaje de chasquidos. El asco se regocija en mi esófago.
 
  Por supuesto que puedo reclamarles, pero cada vez que reúno el aliento necesario y aprieto los puños para proponerles que pospongan su espectáculo, mi lengua se vuelve tan pesada como un trazo de chuleta ahumada, los labios como de plastilina, mi cerebro se resquebraja. Expelo el aire contenido (si se le puede llamar aire). Más que aire lo que necesito es valor. Eso es todo. ¿Pero cómo puedo atreverme a hacer algo tan ridículo? ¿No me doy cuenta, imbécil, de que todos los hombres y mujeres que me rodean, si no vienen haciendo lo mismo, lo desean? Con el fino oído de los desquiciados, pobre Poe, escucho su bufido amortiguado de espectadores públicos, la saliva aglutinándoseles en las gargantas, el temblor en las rodillas. Veo las frentes húmedas, los ojillos roedores.
 
  No, no es una cuestión de valor. Se precisa ser un poco idiota para reclamarle a la pareja bajo el riesgo de ser linchado por la masa silenciosa. No, eso no es para mí.
 
  Imposible dudar que en un pesero existe mayor intimidad que en una alcoba matrimonial. Y de nuevo, ¿no es natural que toda esta gente tolere tanta convivencia si duermen a pierna suelta en cuartuchos de seis en seis? El pesero es eso: una extensión de la recámara. Si lo expresamos con una fórmula de química civil, sería: recámara + anonimato. ¿No todos ellos se aglutinan frente al televisor a observar en silencio escenas pornográficas como ésta? ¿No parece como si de algún modo alguien hubiera puesto frente a mí una televisión de carne y hueso? No han bastado diez años de vivir aislado para librarme de esto. Ocurre contra mi voluntad. Es una violación a los ojos.
 
  Así que me levanto. Y con las ideas zarandeándome dentro de mi cráneo al mismo tiempo en que el pesero me zarandea a mí, pienso que el ruido elemental escupido por las bocinas no es una ambientación musical, sino una franca violación a los oídos. ¿Por qué no puedo tener escapatoria? ¿Por qué debo escuchar lo que ellos eligen? ¿Y por qué deben elegir ellos por mí? De hecho, ¿quiénes son ellos? Los walkman solucionan el problema de un modo parcial, muy limitado. Allí tenemos el mejor ejemplo: un jovenazo con sus audífonos a un volumen desgarrador. Sólo así puede imponerse al gusto musical del chofer. Pero aun junto al escándalo del aparato del pesero (¿quién en su sano juicio puede escuchar a Vicente Fernández a todo el cabrón volumen?, una prueba más de que vivimos en una ciudad de desquiciados, de gente normal, los peores), junto al escándalo del charro infame, los pasajeros escuchamos lo que el joven de los audífonos escucha: heavy nopal. Además tararea la canción casi a gritos. No sólo se autoviola felizmente: nos lo comparte.
 
  Así que me han violado los ojos y los oídos. Ya no queda decencia. En este mismo instante, entre codazos y taconazos, existen dos mundos, dos mundos extremos pero unidos como siameses irremediables: el mundo superterráneo (los rostros inmutables de viejos ídolos, de piedra) y el subterráneo (las manos ansiosas por alcanzar una nalga o una cartera abultadas, carne y dinero, abundancia instantánea para el urgido), manos yendo y viniendo por debajo de la superficie pétrea, entrando y saliendo. Violar, violar, violar. ¿Qué otra cosa son el smog y esta pinche punzada de benzina? ¿Un premio al olfato? ¿Una recompensa? ¿Un obsequio? ¡Son una violación por la nariz, cosa que se creía imposible! Vivo en un país que se viola a sí mismo todo el tiempo. Y por hocicón –aunque no he dicho nada en voz alta– siento que algo terrible me invade. Muy duro para dedo, inflexible. De repente me doy cuenta del lío en que me encuentro. El espacio no da para más. Imposible reclamar a viva voz que tengo un huésped en el yo-yo. Sencillamente no hay escape, ni a la izquierda ni a la derecha. Tampoco hacia el frente, a menos de hacer el trenecito con el compatriota delante de mí. Y, vaya, para atrás no quiero ni pensarlo.
 
  Tan apretados vamos y tan ensartado estoy que no puedo ni girar el cuello. Por el rabillo del ojo (y conste que me cuesta MUCHÍSIMO decir rabillo) veo que se trata de una dama. Ni joven ni vieja, ni fea ni bonita, ni gorda ni flaca, pero con un paraguas duro y decidido. Trato de hacerle un gesto para no delatarme, alguna señal, pero el zarandeo viene a todo dar: en medio de este festival de mudos (donde manos entran y manos salen de la intimidad de otros pasajeros) el paraguas va y viene con determinación. Si esto continúa dos segundos más, terminaré escribiéndole poemas al paraguas; de hecho ya vengo ajustando las estrofas que José José canta en la radio: Gavilán o Paraguas. Pobre tonto, ingenuo charlatán, recibí paraguas por querer ser gavilán. Por supuesto que sólo a mí se me ocurre preguntar qué carajos hace un paraguas por aquí, si no a llovido en días, ni siquiera está nublado.
 
  A estas alturas, el olor a gasolina y humo junto a la sinfonía de tránsito y cláxons y José José crecen hasta lo intolerable. Pido disculpas en secreto porque el único modo de hacerle ver mi predicamento a su involuntaria causante es asestarle un leve codazo en la teta. "Señorita...", digo apretando los dientes y torciendo el cuello hasta donde me es posible, "...su paraguas". "Ay, disculpe señor...", escucho mientras ella remueve el instrumento tratando de retirarlo de mi persona. Cuando creo que estoy a punto de ser liberado, un fatídico enfrenón hace que la punta del paraguas llegue hasta mi mayor secreto. En vez de un grito de terror sólo sale un lamento ahogado, resignado: he dejado mi virginidad atrás.
 
  Cuando todo se restablece después del enfrenón, siento que el paraguas me abandona, como retirándose satisfecho por cumplir un cometido. Algunos pasajeros descienden, así que con un mayor espacio puedo mirar a la dama detrás mío con un gesto que quiere decirle: no se preocupe, esto tenía que pasarme tarde o temprano, aquí me tocó vivir.

III. El Ángel de su Independencia

III. El Ángel de su Independencia 

  Es un ángel. Desde el asiento trasero, despierto por un involuntario cabezazo contra la ventana y la veo de pie, a medio pasillo, agarrada con ambas manos al tubo del asiento frente a sí.

  Me froto los ojos pero sólo empeoro la nube que los empaña.

  Entre mis nubes, su vestido verde suave, su suéter de estambre tejido en blanco, su pelo limpio y bien peinado, y el sol de las cuatro iluminando su piel clara y sus ojos verdes, la hacen una imagen celestial, del cielo según Europa.

  Si Dios existe, Él la envió.

  Porque simplemente no existen ángeles con tacones altos. O pantimedias. O maquillaje. Trae zapatos, calcetas blancas, la cara limpia. Como todos los ángeles. No necesita de trucos baratos como traer las tetas al aire igual que el ángel de la independencia.

  Gracias a ella, el tránsito viene ligero sobre Reforma, el día es lindo. Gracias a ella no hay música en el pinche pesero. Gracias a ella, la vulgaridad se lava. Qué hermoso es despertar así, con la visión de un ángel. Un ángel que lo irradia todo.

  Por mi parte, no puedo venir contento puesto que nunca lo estoy, pero me sentiría casi feliz si ella, el ángel, desapareciera cuanto entes: detesto a los ángeles y punto.

  A través de la ventana, la misma donde me asenté el cabezazo, no veo más ángeles, sólo mexicanos, con su paso pausado, pesado, arropados con indumentaria simple pero adornados con los símbolos invisibles de una cultura rara, esquiva, desperdiciada. Los veo como fantasmas con peso específico, personajes extirpados de alguna obra de ficción, que al verse fuera de la lógica y la tensión de lo ficticio, deambulan sin dirección ni propósito. Desde la Biblia hasta el Libro Vaquero, lo ficticio. Veo hombres salidos de páginas inauditas del Chulas y divertidas, sólo que sin chulas ni divertidas, porque las mujeres, las reales, me parecen trazadas por la pluma malva de Yolanda Vargas Dulché.

  Las ventanas de un pesero, como pantallas de un televisor aburrido, muestran un programa en permanencia involuntaria, sin disco de canales ni botón de apagado.

  Hacia el interior del pesero, el número de pasajeros ha aumentado, la neblina se ha disipado de mi vista y los rayos del sol esplenden (pero sólo si esa palabra existe).

  Aun con todo su fulgor, el ángel sigue ahí, pero ahora tiene detrás un mexicano. Por culpa del vestido holgado yo no había percibido que el ángel, aunque sin alas, tiene su colita. Ahora puedo constatarlo porque la mano del mexicano la recorre con cierto descaro.

  Quien ha viajado un mínimo de veinte años en camiones y peseros, seguro sabe que el truco consiste en cargar un suéter (o algo similar) sobre uno de los antebrazos, de modo que encubra lo que la mano laboriosa realiza. Pero su truco no resulta desde mi perspectiva. Con su trampa al descubierto, el resto del montaje pierde su efecto, como su rostro inexpresivo, donde apenas se distingue –entre los rasgos de la máscara pétrea– la imposición de la naturalidad, de la inocencia.

  Durante una fracción de segundo, la historia completa de mi infancia se apodera de mis decisiones y me empuja a ponerme de pie, a vestirme de héroe. Se me ocurre que puedo fingir la necesidad de pasar por allí, obligarlo a él a alejarse –compermiso, compradito– y ocupar su lugar de inmediato atrás del ángel. No, es una broma. Preguntarle a ella si es hermana de Laura Esquivel o de Guadalupe Loaeza. O preguntarle a él si "ya casi llegamos al centro". Algo que llame la atención sin correr riesgos. Pero al darme cuenta de lo ridículo que me veo ahí, de pie, sin actuar ni bajar ni dejar pasar, vuelvo a sentarme. Si la historia de mi infancia me empujó al heroísmo, las tragedias de mi adolescencia me sentaron de un puñetazo. Qué pretencioso el querer cambiar la historia y la cultura y la economía política de todo un país en un triste pesero, qué torpe.

  Y cuando digo "economía política" no hago referencia al Karl Marx, lo digo por mamón, para dar pie al trabajo completo que el mexicano ejerce ahora sobre el ángel de su independencia personal suya de él: le abre un pequeño bolso –del que yo no me había percatado– siempre cubriéndose con el suéter sobre el antebrazo.

  Todo un curso de economía política del pesero, para principiantes.

IV. México: guárdame esta navajita (esto no es literatura)

IV. México: guárdame esta navajita (esto no es literatura)

  Nunca he podido pronunciar correctamente los nombres indígenas, así que diré que este pesero viene de un lugar con nombre local, pero va rumbo a la Basílica, como Dios manda. Aprovechando que medio México parece venir aquí dentro, bien podemos evangelizarnos todos de una buena vez.

  Pero para ser francos –en un país donde la franqueza no cunde– dirigirnos a la casa de Dios no ofrece garantías adicionales: este calorón infernal de medio día, este retacamiento, este aire sólido y sucio y seco, este maldito olor a gasolina en espera del menor chispazo, este modo circense de moverse entre el flujo caótico de vehículos veloces, las señoras babosas que cruzan la calle con todo y chamacos sin calcular bien las distancias, la edad del chofer, su escolaridad, todo nos pone más cerca de Tezcatlipoca que de Jesús (Dios lo tiene en su santa gloria, por eso aquí no ayuda mucho).

  En México, Dios y Jesús, aparte de ser divinos, son dos señores como cualquier otro: lo poseen todo, lo pueden todo, hacen como que trabajan –siempre tienen un buen pretexto para no hacerlo–, abusan de su poder, en fin, lo normal en estas latitudes. Por eso ahora no hay quien nos resguarde del pendejete de diecisiete años que lleva el volante en sus manos (además de nuestras vidas).

  Si Dios trabajara como Dios manda, aprovecharía cualquier luz roja para desaparecerle piernas y brazos al chofer de modo que pudiéramos arrojar por la puerta al bodoque restante y escogerle un sustituto mientras se pone el siga. Pero los mexicanos tenemos tan mala suerte, que Dios sería capaz de desaparecerle las extremidades a este cabrón justo al cruzar alguna esquina peligrosa o algo por el estilo. Ay.

  Ay. Me amenaza la posibilidad de un desmayo en cualquier instante: salí de casa a las prisas, sin almorzar, sin afeitarme, sin persignarme: sin prometer cambiar. Juro por Dios que si supiera náhuatl le rezaría a alguna otra deidad. A Tonantzin en vez de a Guadalupe. Pensándolo bien, rezarle a un Dios indio podría resultar más efectivo, pero todo debería realizarse como ritual ortodoxo y los sacrificadores no tardarían en llegar para el arrancadero de piernas. Sangre, nervios, venas pedazos de carne y brazos repartidos entre los pasajeros y embarrados en las ventanas. Todo un festín. Aun así, yo llegaría tarde al trabajo (pocos valientes se atreverían a proponerse como voluntarios para sustituir al chofer despedazado).

  Como fuera, me parece inconcebible que los agasajados con el supuesto festín serían estos mismos compatriotas tan serios y callados, tan decentitos (¿por qué chingados no abren sus ventilas?). Arriesgado suponer que se regocijarían ante tal despliegue de saña –al igual que sus bisabuelos remotos– si ahora lucen como competidores para el premio Al Mártir del Año (a menos de que ambas cosas estén íntimamente relacionadas y yo sea el único pendejo que no se ha dado cuenta. Muy bien, me lo dejaré de tarea).

  De momento sólo quiero apuntar que, en efecto, soy el único que no arrastra su costal de tragedias por todas partes (prefiero dejarlo guardadito en el clóset de mi casa, aunque admito que viajar en estas condiciones ya es un calvario): no cargar mi corona de espinas parece incomodarle mucho a mis coterráneos, ¿y consanguíneos? (Por encima de sus cabezas veo el cuerpo sangrante de nuestro señor Jesucristo con un letrero que lee: ”Dios me guía”, justo arriba del asiento del chofer, lo cual nos obliga a olvidar que hace tres minutos atropellamos un French Poodle –pudo ser un niño– que no tuvo más remedio que estallar y quedar embarrado sobre el pavimento).

  Gracias a mi asiento –casi hasta atrás y pegado a la ventana derecha– evito sentirme parte de ese auténtico embutido humano, mexicano. La ventana me ofrece cierta panorámica, un escape. Para contradecirme, el chofer aprovecha para escurrirse por el carril de baja hacia un espacio donde el pesero, teóricamente, no tiene cabida. De hecho, las llantas del lado derecho trepan un poco en la banqueta. La perspectiva desaparece: quedo a un lado (casi dentro) de un puesto de periódicos, rodeado de tetas y culos al descubierto, de futbolistas mediocres y multimillonarios, de actricitas pendejas que certifican su virginidad enseñándonos media cola, más pechos, más nalgas, sexo casi explícito en un país sin sexo, sexo hipócrita, país tan religioso (al menos Dios no aparece en los periódicos), los trozos sueltos de lo que fue un mexicano aparecen en un charco de sangre mexicana (¿salsa mexicana?) con todo color y a ocho columnas en la primera plana de un periódico que sólo puede ser mexicano. Me pongo de pie y, tras abrir la ventila, lo robo. Curiosamente, por la misma ventila, se cuela para invadirnos el aroma fragoroso de los tacos cachete, de lengua, de buche, oreja, nana, nenepil, trompa, cabeza, cola, todo en partes como el mexicano en su salsa. Increíble que mis consanguíneos sean tan sanguinarios: seguramente lo llevan en la sangre.

  –Pásele para atraaaás, por favor, atrás hay lugaaaar– exige el chofer adolescente con un tono que ya me tiene francamente hasta la madre. En verdad deseo descuartizarlo y ofrecérselo a Tonatiuh (un amigo mío que hace cine).

  –¡Abusado carnal, te están sacando la cartera! – grita el gordo sentado junto a mí, alertando a un pasajero que viene de pie, junto a él. ¿Recuerdan el truco del suéter? Efectivamente, inclino la cabeza y veo la mano de un carterista cubierta por un suéter descansando sobre su antebrazo; veo también media cartera asomando por el bolsillo trasero del asaltado. Veo cómo la cartera sale de un último tirón. Veo cómo otro pasajero se inclina delicadamente sobre el gordo alertador y le dice:

  –Un recuerdito, carnal– y le pasa su mano por la cara, como acariciándolo. En efecto, se trata de una caricia de Tezcatlipoca. La sangre brota de la mejilla del gordo, quien es el último en enterarse. La gente se apiña en todas direcciones tratando de alejarse de la escena. Los codazos no se hacen esperar. Nadie sabe quiénes son los asaltantes ni cuántos son. Desde algún lugar del pesero alquien grita que también a él le robaron su cartera. Una mujer revisa rápidamente un navajazo en su bolso y prefiere callar. El gordo aúlla al ver la inaudita cantidad de sangre que escurre por su mano y sus ropas. Por pura suerte no me salpica. El asaltado cercano a él gira para tratar de recuperar su cartera pero el asaltante lo sujeta por detrás y lo empuja hacia la puerta delantera, como rehén. De pronto el asaltado grita lleno de pavor:

  – ¡Auxilio, me están picando, ayúdenme por favor! –

  El otro asaltante se abre paso hacia la puerta trasera amenazando a los pasajeros con una gillette entre los dedos. Nadie trata de detenerlo pero es tanta la densidad de la población que el cabrón no encuentra escape. La gente grita. El chofer acelera por el carril de alta, escurriéndose como víbora entre los coches. Una mujer alerta que el chofer está de acuerdo con los asaltantes. Cuando el asaltante llega con su rehén hasta la puerta, le ordena al chofer que lo deje bajar. Y tan pronto como esto sucede, el asaltante camina con su rehén, por la banqueta, en sentido inverso a la circulación. El rehén lleva una mueva de pavor pero no puede hacer nada: lleva medio picahielos en el riñón. De pronto el asaltante se da a la fuga, dejando a su víctima con la estocada dentro.

  Volvemos a ponernos en marcha pero nos detenemos con brusquedad. Al parecer algunos pasajeros están madreando al chofer. El chofer jura ser inocente y, sin embargo, los gritos, los golpes en seco, los tirones, las monedas regándose por el suelo, todo indica que esto no es literatura, que en verdad lo van a descuartizar. En vía de mientras, algunos pasajeros amagan al segundo asaltante, quien ahora hace notoria una navaja además de la gillette. Lo hacen retroceder. Como yo no me afeité y se me ha hecho tardísimo para trabajar, decido lanzarme contra el asaltante. Dada mi posición y la velocidad del ataque me resulta fácil inutilizarle la mano de la navaja, pero con la gillette le raja toda la madre a mi brazo derecho. Otros pasajeros se suman al ataque. Alguien, por fin, ha detenido una patrulla. Los policías ponen todo en calma.

  Descendemos del pesero cubriéndonos las espaldas. Quedamos a merced de un furioso Tonatiuh (no mi amigo). Una mujer, presa de la histeria, se lanza de uñas contra los ojos del asaltante. Alguien la detiene después de los primeros arañazos. Un pelotón de curiosos nos examina: parecen expertos, profesionales, rápidos y eficientes: parecen estar siempre detrás de los policías, al acecho, listos para entrar en acción. En este instante me percato de que estoy cubierto de sangre, nuestra sangre. El pantalón verde-patria, la camisa blanca manchada. El rojo de la sangre caliente traspasa las telas y enfría mi piel. Casi puedo olerla. Me alejo a traspiés y detengo un taxi. No sé qué decirle, cómo explicarle. Ahora a dónde voy.  

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Extraidos de Pus Moderna #6

 

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